Para millones de personas, el mayor desafío de unas vacaciones no está en los aeropuertos ni en el equipaje, sino en algo mucho más simple —y paradójicamente más difícil—: descansar. Una encuesta realizada por Margaritaville Vacation Club en colaboración con Talker Research a 2,000 adultos que viajaron en el último año muestra que desconectarse sigue siendo una tarea pendiente para la mayoría.
Los resultados reflejan una tensión clara entre el deseo de relajarse y la dificultad real para lograrlo. El 55 % de los encuestados admitió tener problemas para disfrutar de los momentos de inactividad, mientras que el 56 % reconoció que le resulta complicado simplemente “no hacer nada”, incluso estando de vacaciones. Esta incapacidad de pausar contrasta con la idea generalizada de que viajar implica descanso y desconexión.
El problema va más allá de la costumbre de mantenerse ocupado. Casi la mitad de los participantes —49 %— señaló que se siente estresada cuando no está realizando alguna actividad, y el 46 % experimenta culpa ante la posibilidad de estar olvidando pendientes. Incluso en momentos de aparente tranquilidad, el 51 % confesó que su mente sigue ocupada con preocupaciones financieras o tareas por hacer.
Para Jonathan Topolosky, vicepresidente sénior de Margaritaville Vacation Club, esta dificultad tiene una explicación clara: la vida cotidiana ha normalizado un ritmo constante de actividad. “La gente pasa gran parte de su vida sintiéndose ocupada, por lo que, en realidad, puede resultar difícil desconectar”, señaló.
A pesar de ello, existe conciencia sobre la importancia del descanso. Casi nueve de cada diez encuestados consideran que unas vacaciones exitosas requieren una actitud relajada, aunque en la práctica no siempre logren alcanzarla. Esta brecha entre expectativa y realidad revela un fenómeno cada vez más extendido: la incapacidad de desconectar incluso cuando las condiciones lo permiten.
Ante esta dificultad, muchos viajeros buscan apoyo en su entorno. El 62 % encuentra alivio en el aire fresco y los espacios abiertos, mientras que el 56 % se inclina por paisajes con vistas panorámicas y el 54 % recurre a la música relajante. Los destinos costeros, en particular, tienen un papel destacado: el 52 % considera que la brisa marina y la cercanía al agua son elementos clave para despejar la mente.
En la práctica, el descanso sí ocupa una parte importante del viaje. Los encuestados indicaron que dedican, en promedio, el 44 % de su tiempo a relajarse en sus habitaciones, mientras que el 37 % lo invierten en disfrutar de las instalaciones del alojamiento. Además, el 88 % aseguró que no hacer nada dentro de un espacio privado les ayuda a sentir que realmente están descansando, y el 86 % considera que este tiempo es esencial para recargar energías.
Quienes logran reducir el ritmo reportan beneficios claros. El 84 % afirmó sentirse más satisfecho tras unas vacaciones relajantes, y el 79 % señaló una disminución del estrés asociado al viaje. Sin embargo, alcanzar ese equilibrio sigue siendo poco común: solo el 15 % de los viajeros asegura lograr siempre la combinación ideal entre actividad y descanso.
El reto no termina al regresar a casa. Para el 21 % de los encuestados, los beneficios del descanso desaparecen rápidamente y el estrés cotidiano reaparece casi de inmediato. Esto sugiere que desconectarse no depende únicamente del destino, sino también de la capacidad de modificar hábitos mentales profundamente arraigados.
En un mundo donde la productividad constante se ha convertido en norma, aprender a no hacer nada se perfila como una habilidad cada vez más necesaria. Las vacaciones, más que una pausa automática, parecen exigir un esfuerzo consciente para soltar el ritmo y permitir que el descanso cumpla su propósito.












