La confirmación llegó poco después del amanecer, rompiendo el silencio estratégico que envolvió al Caribe durante la noche. El presidente Donald Trump, en una declaración que sacudió los cimientos de la política latinoamericana, anunció al mundo la captura de Nicolás Maduro. «La larga pesadilla de Venezuela ha terminado. Nuestros valientes guerreros han traído al dictador ante la justicia», publicó Trump, validando los rumores que comenzaron a circular tras reportes de movimientos aéreos inusuales sobre Caracas.
A diferencia de los intentos fallidos del pasado, esta operación, denominada «Justicia Final» por fuentes cercanas a la Casa Blanca, fue una ejecución militar directa y unilateral de los Estados Unidos.
Los detalles de la incursión
Fuentes del Pentágono, hablando bajo condición de anonimato, han comenzado a filtrar los pormenores de la misión. Se trató de una «incursión quirúrgica» llevada a cabo por operadores del Comando Conjunto de Operaciones Especiales (JSOC), presumiblemente elementos del Delta Force con apoyo aéreo cercano.
El objetivo no fue el Palacio de Miraflores, sino la residencia de seguridad dentro de Fuerte Tiuna, el principal complejo militar de Venezuela, donde Maduro solía pernoctar por temor a ataques. La operación duró menos de 45 minutos en tierra. Según los reportes preliminares, las defensas antiaéreas de fabricación rusa, que el régimen presumía impenetrables, fueron neutralizadas mediante guerra electrónica minutos antes de que los helicópteros furtivos estadounidenses tocaran suelo venezolano.
Nicolás Maduro, junto a su esposa Cilia Flores, fue asegurado sin que se reportaran bajas mortales en el equipo de extracción. Testigos incidentales describen al líder chavista visiblemente desorientado al momento de ser subido a la aeronave que lo sacó del país.
Vacío de poder y caos en Caracas
La noticia ha sumido a Venezuela en un caos institucional absoluto. El chavismo ha quedado descabezado de facto. Mientras Maduro vuela hacia territorio estadounidense para enfrentar cargos federales por narcoterrorismo (presentados originalmente en 2020), en Caracas reina la incertidumbre sobre la cadena de mando.
La cúpula militar, pilar fundamental del régimen, muestra fisuras evidentes. Aunque el Ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, apareció en televisión estatal rodeado del Alto Mando para denunciar un «acto de guerra varde», reportes de inteligencia sugieren cuarteles acuartelados que no responden a las órdenes centrales.
Diosdado Cabello, considerado el número dos del chavismo y líder del ala más radical, ha llamado a la «movilización total de las milicias» y a la «furia bolivariana» en las calles, amenazando con una respuesta asimétrica. Sin embargo, las primeras horas tras la captura muestran una población civil temerosa y a la expectativa, más que movilizada en defensa del líder ausente.
Washington ha advertido que cualquier represalia contra ciudadanos estadounidenses o intereses aliados será respondida con «fuerza abrumadora». El destino de Venezuela pende ahora de un hilo, oscilando entre el colapso total del régimen y la posibilidad de un conflicto civil prolongado.












