La siesta, esa breve pausa que muchos defienden y otros ven como un lujo culpable, tiene más respaldo científico del que parece. No se trata de “dormir por dormir”, sino de entender cómo funciona el reloj interno del cuerpo y cómo aprovechar una ventana natural de somnolencia para recuperar energía sin afectar el sueño nocturno.
A lo largo del día, el cuerpo no mantiene el mismo nivel de alerta. Además de la presión de sueño que se acumula desde que despertamos, existe un ritmo circadiano que provoca una caída natural de energía entre la una y las cuatro de la tarde, incluso aunque se haya dormido bien. Esta baja no depende solo de la comida; es un fenómeno biológico. La siesta bien hecha se apoya justo en ese momento, cuando el cerebro acepta mejor un descanso corto.
La duración es el factor clave. Las siestas de entre 10 y 20 minutos son las más recomendadas porque permiten entrar en las fases más ligeras del sueño. En ese tiempo mejora la atención, la memoria de trabajo y el estado de ánimo, sin provocar la sensación de aturdimiento conocida como inercia del sueño. Dormir más de 30 o 40 minutos aumenta la probabilidad de entrar en sueño profundo, lo que explica por qué muchas personas despiertan desorientadas y con más cansancio del que tenían antes.
El horario también importa. Dormir la siesta demasiado tarde, especialmente después de las cinco de la tarde, puede “robarle” sueño a la noche. El cuerpo interpreta ese descanso largo como una extensión del sueño principal y reduce la necesidad de dormir más tarde. Por eso, la pestañita ideal suele ubicarse a primera mitad de la tarde, cuando aún queda suficiente presión de sueño para conciliar el descanso nocturno sin problema.
Existen incluso estrategias para potenciar el efecto. Una de las más estudiadas es la llamada “siesta con café”: tomar una taza de café justo antes de recostarse. La cafeína tarda entre 20 y 30 minutos en hacer efecto, así que puede ayudar a despertar con mayor sensación de alerta. No es para todos, pero en personas acostumbradas a la cafeína puede mejorar el rendimiento posterior sin interferir con el sueño nocturno.
La siesta no sustituye una mala noche de sueño, pero sí puede compensar parcialmente déficits leves. En contextos laborales, se ha observado que reduce errores, mejora la concentración y disminuye la irritabilidad. No es casualidad que en algunas culturas esté integrada de forma natural en la rutina diaria, mientras que en otras se le asocia injustamente con pereza.
Dormir unos minutos durante el día no es perder el tiempo, sino usarlo estratégicamente. Cuando se respeta la duración y el horario, la siesta se convierte en una herramienta sencilla y gratuita para mejorar el rendimiento y el bienestar, sin pagar el precio de desvelarse por la noche. Una buena pestañita, bien planeada, puede ser justo el empujón que el cuerpo necesita para llegar mejor al final del día.











